Hacia 1760 empieza en Gran Bretaña el paso de una economía agraria y artesanal a otra basada en máquinas y fábricas. Ayudaron la revolución agrícola (más alimentos con menos campesinos, que se van a las ciudades), el crecimiento de la población, el carbón y el hierro del propio país, el capital de comerciantes y bancos, un imperio colonial que daba algodón y mercados, y un Parlamento que protegía la propiedad. La industria textil se mecaniza: la hiladora «spinning jenny» (hacia 1764), la «water frame» de Arkwright (1769) y el telar mecánico (1785). En 1769 James Watt patenta una máquina de vapor mejorada, que permite instalar fábricas lejos de los ríos y usar carbón como nueva fuente de energía. Abraham Darby había conseguido fundir hierro con coque (1709), y en 1779 se inauguró el primer puente de hierro, en Coalbrookdale. Manchester, la «Cottonópolis», y Birmingham crecen alrededor de las fábricas.
La máquina de vapor llega al transporte. En 1825 Stephenson inaugura la línea Stockton-Darlington, el primer ferrocarril público de vapor, y en 1830 se abre la de Liverpool a Manchester, la primera con servicio regular de pasajeros entre dos grandes ciudades. El ferrocarril abarata y acelera el transporte de carbón, materias primas y mercancías. Las nuevas fábricas cambian el trabajo: jornadas de 12 a 16 horas, mujeres y niños empleados por poco dinero. Algunos obreros culpan a las máquinas y las destruyen: es el ludismo (1811-1812). En 1819 la caballería carga contra una manifestación pacífica en Manchester, la matanza de Peterloo. En el continente la industrialización es lenta por las guerras napoleónicas, pero Bélgica, rica en carbón y hierro, se adelanta: en 1817 John Cockerill funda en Seraing, cerca de Lieja, una gran fábrica de máquinas. Gante y Lyon se destacan en el textil.
Bélgica abre en 1835 una de las primeras líneas de ferrocarril del continente, de Bruselas a Malinas, y ese mismo año Alemania abre la suya, de Núremberg a Fürth. En 1834 los estados alemanes forman el Zollverein, una unión aduanera que crea un gran mercado y favorece el Ruhr, con su carbón y el acero de Krupp en Essen. Francia crece más despacio: sus focos son el norte (Lille), Alsacia (Mulhouse), Lyon, Saint-Étienne y Le Creusot, y el ferrocarril se organiza en forma radial desde París. En España destacan el textil de Cataluña (el primer tren, de Barcelona a Mataró, es de 1848), la minería asturiana y la siderurgia vasca. En Italia se industrializa el norte (Piamonte, Lombardia). Gran Bretaña es el «taller del mundo» y lo muestra en la Exposición Universal de Londres (1851). Los telares y las fábricas provocan también protestas: los canuts de Lyon (1831) o los tejedores de Silesia (1844).
Desde 1870 aparecen nuevas fuentes de energía: la electricidad, que ilumina fábricas y ciudades y mueve tranvías (Siemens, AEG), y el petróleo, con el motor de explosión (Daimler y Benz, 1886; después el automóvil). El acero se abarata con nuevos procedimientos, y la química abre nuevas industrias, mientras el telégrafo y el teléfono transforman las comunicaciones. Alemania, unificada en 1871 y con el Ruhr y el hierro de Lorena, supera a Gran Bretaña en producción de acero a finales del siglo XIX. Las empresas crecen y se concentran en grandes sociedades, cárteles y bancos industriales (capitalismo financiero), y se difunde la organización científica del trabajo (taylorismo). Los ferrocarriles forman una red densa. En España, la industria vasca (Altos Hornos de Vizcaya, 1902) se apoya en el mineral de hierro de Bilbao; en Italia, Turín se convierte en centro del automóvil con Fiat (1899). Francia celebra la Exposición Universal de 1889, con la Torre Eiffel. Gran Bretaña, Alemania, Francia y Bélgica son las grandes potencias industriales de Europa.
La industria atrae a millones de campesinos a las ciudades. Londres pasa de un millón de habitantes hacia 1800 a más de seis millones hacia 1900, y París, Berlín y Viena superan el millón. Crecen también Manchester, Glasgow, Liverpool, Birmingham, Hamburgo, Budapest o Barcelona. Los barrios obreros son estrechos y sin higiene, y los salarios, bajos. Surge así la clase obrera o proletariado, frente a la burguesía propietaria de fábricas y bancos, y con ella el movimiento obrero: sindicatos, huelgas y partidos socialistas. Karl Marx y Friedrich Engels escriben en Bruselas el Manifiesto Comunista (1848), que propone la lucha de clases. En 1864 se funda en Londres la Primera Internacional; en 1871 los obreros de París se rebelan y forman la Comuna. Los anarquistas defienden la supresión del Estado, y los reformistas, leyes que limiten la jornada y protejan a mujeres y niños. A lo largo del siglo XIX los obreros consiguen que se legalicen los sindicatos y se aprueben las primeras leyes laborales (la jornada de ocho horas llegará ya en el siglo XX), y millones de europeos emigran a América.
Cada botón muestra una etapa de la Revolución Industrial en Europa: Gran Bretaña, cuna de la industrialización (1760–1800), el vapor y el ferrocarril (1800–1830), la llegada de la industria al continente (1830–1870), la Segunda Revolución Industrial (1870–1914) y, por último, las ciudades y el movimiento obrero (1830–1914). El color de cada país indica su grado de industrialización; los rombos negros señalan las cuencas de carbón, los triángulos, la metalurgia y la siderurgia, y los cuadrados azules, los centros textiles. Las líneas discontinuas son los principales ferrocarriles, y las estrellas, los acontecimientos clave (sus nombres, en cursiva). Pulsa «Practicar» para repasar con fichas y preguntas de localización.