En 395, al morir Teodosio, el Imperio romano se dividió entre sus dos hijos: Occidente, con capital en Milán y luego Rávena, y Oriente, con capital en Constantinopla (la antigua Bizancio, fundada por Constantino en 330). Occidente, invadido por los pueblos germanos, se hundió: en 476 Odoacro depuso al último emperador, Rómulo Augústulo, y en su suelo nacieron reinos germánicos (visigodos, francos, vándalos, ostrogodos). El Imperio de Oriente resistió porque era más rico y urbano, tenía murallas casi inexpugnables en Constantinopla y pagaba tributos o desviaba a los invasores hacia Occidente. Se consideraba el verdadero Imperio romano, hablaba sobre todo griego y era cristiano. Se le llama «bizantino», un nombre que los historiadores le dieron después; sus habitantes se llamaban romanos. Su gran rival en Oriente era el Imperio persa sasánida.
Justiniano (527–565) soñó con restaurar el Imperio romano. Con sus generales Belisario y Narsés reconquistó el norte de África a los vándalos (533–534), Italia a los ostrogodos (535–554) y el sureste de Hispania a los visigodos (552). El Mediterráneo volvió a ser, casi, un «mar romano». En el interior hizo una gran obra legal, el Código de Justiniano (Corpus iuris civilis), base del derecho romano posterior, y levantó Santa Sofía en Constantinopla (537), joya de la arquitectura bizantina. Sofocó la revuelta Niká (532) con una gran matanza. Pero las guerras agotaron las finanzas y la peste de 541 despobló el Imperio, y los persas seguían amenazando la frontera oriental.
A la muerte de Justiniano el Imperio estaba exhausto. En 568 los lombardos invadieron Italia y solo quedaron en manos bizantinas Rávena (exarcado), Roma, el sur y las islas. Eslavos y ávaros ocuparon los Balcanes y en 681 los búlgaros fundaron un estado al sur del Danubio. El emperador Heraclio (610–641) derrotó a los persas (627–628), pero quedó agotado, y entonces irrumpieron los árabes: tras la batalla del Yarmuk (636) perdieron Siria y Palestina (Jerusalén, 638), Egipto (642) y, en 698, Cartago y el norte de África. Constantinopla resistió dos asedios árabes (674–678 y 717–718) gracias a las murallas y al «fuego griego». El Imperio, reducido a Anatolia, los Balcanes costeros y partes de Italia, se reorganizó en «temas» (provincias militares) y se hizo más griego.
Con León III (717) se estabiliza el Imperio. Entre 726 y 843 la iconoclasia, la prohibición de venerar imágenes, divide al Imperio y enfrenta a Constantinopla con el papa. En 800 el papa corona emperador a Carlomagno, lo que Bizancio considera una usurpación. Misioneros bizantinos, como Cirilo y Metodio, convierten a los eslavos y crean el alfabeto cirílico; en 988 se bautiza el príncipe Vladimiro de Kiev. Con la dinastía macedónica el Imperio se recupera: reconquista Creta (961) y Antioquía (969), y Basilio II «el Bulgaróctono» destruye el estado búlgaro (1014–1018), llegando en 1025 a su máxima extensión desde Justiniano: los Balcanes, Anatolia, el sur de Italia y parte de Armenia. Constantinopla es la mayor y más rica ciudad de Europa.
Tras Basilio II empieza la decadencia. En 1054 el Gran Cisma separa definitivamente a la Iglesia católica de Roma y a la ortodoxa de Constantinopla. En 1071 los turcos selyúcidas derrotan a los bizantinos en Manzikert y ocupan gran parte de Anatolia, el corazón del Imperio; ese mismo año los normandos conquistan Bari y expulsan a Bizancio de Italia. El emperador Alejo I Comneno pide ayuda a Occidente, y así empieza la Primera Cruzada (1096), con la que se recupera parte de Anatolia occidental, pero los cruzados fundan sus propios estados (Antioquía, Jerusalén) en el Levante. Con los Comnenos (1081–1185) el Imperio se recobra, aunque Venecia consigue privilegios comerciales (1082) que debilitan su economía. Los selyúcidas vencen de nuevo en Miriocéfalo (1176).
En 1204 la Cuarta Cruzada, desviada por Venecia, saquea Constantinopla. Los cruzados crean un Imperio latino y se reparten el Imperio entre ellos y Venecia, que se queda con Creta y numerosas islas y puertos. Los griegos se refugian en estados sucesores: el Imperio de Nicea (en Anatolia occidental), el despotado de Epiro y el Imperio de Trebisonda, en el mar Negro. Mientras, Bulgaria renace y los selyúcidas dominan el interior de Anatolia. En 1261 Miguel VIII Paleólogo, emperador de Nicea, recupera Constantinopla y restaura el Imperio bizantino; pero el Imperio no volverá a ser lo que fue.
El Imperio restaurado es pobre y pequeño, dividido por guerras civiles y presionado por serbios, búlgaros, venecianos, genoveses y, sobre todo, por los turcos otomanos, que desde Bursa conquistan Anatolia y en 1354 cruzan a Europa por Gallípoli. Vencen a los serbios en Kosovo (1389) y a los cruzados en Nicópolis (1396) y Varna (1444). El Imperio queda reducido a Constantinopla y la Morea (el Peloponeso), con su capital en Mistra. Tras un asedio de casi dos meses, el sultán Mehmed II conquista Constantinopla el 29 de mayo de 1453, y muere el último emperador, Constantino XI. Es el fin del Imperio romano de Oriente, tras más de mil años. Muchos sabios griegos huyen a Italia y contribuyen al Renacimiento. Constantinopla se convierte en la capital otomana, Estambul.
Cada botón muestra una etapa de la historia del Imperio bizantino, el Imperio romano de Oriente: la división de 395, la reconquista de Justiniano (527–565), la crisis y las conquistas árabes (565–717), la iconoclasia y el apogeo (717–1025), Manzikert y las cruzadas (1025–1204), la Cuarta Cruzada (1204–1261) y la caída de Constantinopla (1453). El color de cada territorio indica el estado que lo controlaba; las estrellas marcan los acontecimientos clave.